La muerte del largo plazo y los nuevos gobiernos

Como si de una novela negra se tratara, del subgénero de intriga política-policíaca, el título constata una tendencia socio-económica y política cada vez más arraigada en las organizaciones tanto sean públicas como privadas, que son las que mueven los hilos de nuestros destinos colectivos, de nuestra riqueza, de nuestro bienestar y que están acabando con el largo plazo.

Esta muerte ficticia es una combinación de teoría y praxis. A nadie se le escapa que a casi todos los que tienen capacidad de decisión económica o empresarial se les ha inoculado un virus en su forma de pensar, analizar y decidir: «el pensamiento cortoplacista», el triunfo del día a día, la victoria de lo inmediato, la resolución del problema al instante, la reunión de urgencia que lo cambia todo, la llamada del directivo que pide una solución, los datos del día que exigen una respuesta, la noticia que debe salir sin falta mañana mismo? y muchas otras situaciones por todos conocidas que se han impuesto en la forma de actuar de nuestras organizaciones.

Dice Marcos Eguiguren, en su interesante y recomendable Por qué fracasan las organizaciones: «La tendencia a buscar el beneficio individual por encima del colectivo sin comprender que ambos están íntimamente interrelacionados, está vinculada de forma muy estrecha con el pensamiento cortoplacista». Este comportamiento está afectando a las economías, generando inestabilidad en el sistema con cambios continuos de dirección y de rumbo, con una velocidad de crucero demasiado rápida, donde se impone la prisa sobre la reflexión y el análisis, donde saltan las barreras de protección de los ciudadanos –véase la reciente crisis financiera– frente a las mayores dosis de flexibilidad que faciliten las transacciones y el beneficio rápido y fácil.

Un concepto que está íntimamente ligado al triunfo del cortoplacismo y que cada vez suena con más fuerza entre los círculos financieros y empresariales es la volatilidad. En química se la define como la medida de la facilidad con la que una sustancia se evapora, casi como se evapora el valor de las acciones de una compañía. En el mundo económico es volátil aquel valor que está sometido a muchos cambios en su precio, que oscila continuamente, en la mayoría de los casos por movimientos especulativos, lo que incremente el riesgo de comprarlo.

El cortoplacismo en el mundo financiero es un buen ejemplo de su grado de implantación. En 1960 los titulares de acciones de la Bolsa de Nueva York tenían un título en su cartera en término medio ocho años y medio. En el año 2006, justo antes del inicio de la crisis, ese mismo periodo medio estaba por debajo de un año. Este comportamiento está afectando a la estabilidad del tejido accionarial de las compañías y, consiguientemente, se produce una presión sobre los equipos de gestión que se ven forzados a priorizar actividades y proyectos que incidan en el beneficio a corto plazo y que repartan dividendos, aunque ello pueda poner en peligro la supervivencia a largo plazo de la organización.

Los destinatarios de estas pueden ser los nuevos gobiernos recientemente constituidos. Les animamos a que resuciten al moribundo largo plazo, a que lo reanimen y lo sitúen en su mesa como objetivo de legislatura. Que planifiquen a cuatro u ocho años, que se pregunten o pregunte a la ciudadanía cómo les gustaría que fuese su ciudad dentro de ocho años, en el 2023 por ejemplo. Las nuevas tecnologías han avanzado tanto que hacer esta recopilación de opiniones cada vez resulta más sencillo y a buen seguro que sorprendería su resultado.

Podemos compartir o no las reflexiones de Christian Felberg en Las economías del bien común, su tesis viene a concluir que la muerte del largo plazo ha conllevado la muerte de la Política con mayúsculas y de la verdadera democracia, si es que esta existió alguna vez.

Por lo general el político que adquiere por mandato de las urnas, con o sin pactos posteriores, la responsabilidad de gobernar tiene un horizonte temporal para actuar que no supera los dos años: dedica un primer año para intentar tomar las riendas de la responsabilidad asumida, mientras critica implacablemente la herencia recibida de su antecesor, sea buena o mala, durante los dos años siguientes toma decisiones que en su mayor parte van dirigidos a cambiar las que se adoptaran en el pasado, sin pensar si algunas cosas deben conservarse o no y, por último, deja de actuar y en su último año ensalza las bondades de lo que buenamente pueda haber hecho o de lo que no llegó a acabar y ataca las opiniones de sus adversarios políticos acertadas o no.

Es una obligación ciudadana animar a que los nuevos gobiernos usen adecuadamente, como prioridad de su gestión, todos los recursos que da la legislación, que son muchos, para la planificación de sus proyectos, sean estos económicos (presupuestarios), urbanísticos, educativos, sociales o culturales. Planificar ayuda a saber hacia dónde queremos que se dirija nuestro barco, a qué velocidad, con qué rumbo, con qué recursos y con qué personas. La planificación trasmite seguridad ante terceros, inyecta confianza en nuestros profesionales, ordena el debate y lo centra sobre sus contenidos.

Los planes pueden cambiarse cuando lo necesite el Gobierno, lo importante es que haya planes a largo plazo, incluso más allá de la legislatura. Que la manida flexibilidad organizativa no se convierta en improvisación y que frente a la improvisación se imponga la planificación. Debe ser un objetivo común recuperar lo que Leon Trotski llamaba El Arte de la planificación, en un resumen de los planes quinquenales: «El dominio de este arte no puede ser conquistado más que gracias a una terca lucha, paso a paso y no por un solo elemento, sino por los miles de elementos que componen la economía y la cultura nueva» (1932). Todo de plena actualidad.

Tener un plan a largo plazo sobre la mesa de un gobernante da credibilidad, permite no perder de vista los grandes objetivos y proyectos corporativos, aunque el día a día, por momentos se empeñe en ocultarlos. Que las ramas no impidan ver el bosque, que los pequeños conflictos no nos distraigan de los verdaderos objetivos de lo que los ciudadanos necesitan, que el trabajo no consista tan solo en ir apagando fuegos, para eso ya tenemos a los profesionales. El largo plazo merece que le dediquemos todo el tiempo necesario y no una breve cita en la agenda semanal. Una buena planificación requiere de una reflexión pausada, una visión de futuro, un pensamiento crítico, un criterio decidido y una concepción global y participativa.

Ánimo, el largo plazo quiere, puede y debe seguir vivo. Más vivo que nunca.